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jueves, 8 de julio de 2010

Lección literaria


«De todas las palabras que la pluma o la lengua pueden decir, las más tristes son: habría podido ser...»
John Greenleaf Whittier


¡Es un cuento, no llores! Me dijo mi madre mientras nos leía a mi hermana y a mí. El cuento era el de la chica que vive bajo el mar, la sirena que quiso cambiar su mundo submarino por vivir en la superficie. Se enamoró de un hombre de tierra. Pensar en ese mundo bajo el agua, a mi hermana y a mí, nos resultaba fascinante, ambas gustábamos de cubrir con un gran tul azul nuestra cama para simular el mar. Éramos sirenas que no sabían cantar, bueno sí sabíamos, pero no nos gustaba ser aquellas arpías que embaucaban marineros. Era más lindo ser sirenas de buen corazón.
A mi madre siempre le gustaron los libros, nos leía con regocijo, nos contaba cuentos sentadas ante la chimenea. Lo mismo era Ulises que Blanca Nieves, el noviazgo de la tía Martha o sus propias travesuras de infancia.
Hija ¿Por qué me pides que te cuente el mismo cuento tantas veces si siempre te hace llorar?
Hasta la fecha desconozco la respuesta, quizás sea porque pienso que el triste final un día será compasivo, las palabras se desgastarán conmovidas por la tristeza de la sirena convertida en espuma de mar. O tal vez los dioses se apiaden y entre las olas aparezca Ariel transmutada en Afrodita. Esta diosa del amor fuerte y vigorosa dispuesta a dar un final feliz. Nunca pierdo la fe.
Ya mayor, he trastocado el final yo misma y de mil formas. Tal vez, castigada por eso, estoy presa de una novela que en un principio fue mi aliada. La trama habla, también, de una historia de amor, los protagonistas se buscan, se encuentran y se revisten de máscara para no ser humanos, para ser arquetipos idílicos e inmutables.
“Action is Character” dijo alguna vez Scott Fitzgerald. Obedeciendo a dicha sentencia, me molesta que los personajes, en el clímax de su historia, eludan la decisión que los condene o los redima; es el caso de la Sirena que cumple una maldición tan sólo por salirse de los márgenes de la playa. La novela que me atrapa es diferente, los personajes eligieron, ella la venganza, él, el sacrificio. Comprendo al autor, ha dado el final perfecto, pero yo no he cometido delito alguno para ser rehén de esta trama que busca condenarme a un desenlace que no obedece a los indicios de la historia que yo protagonizo.
Me explico, todo comenzó de este modo: el hombre al que amo y yo, contuvimos un afecto que ahora señalo sin tapujos, lo hicimos por una y mil razones que no explicaré porque me rehúso a convertir en historia de amor el argumento que me condena sin merecerlo.
Los roles estaban dados, ambos éramos los personajes principales a nuestro modo, unas veces fungiendo de actantes y otras de adyuvantes, otras de objeto y otras de sujeto. Todo marchaba en orden más tuvimos que alejarnos del escenario habitual, cada uno a un escenario distinto.
Supongo que la ansiedad de estar separados orilló a mi compañero a lanzarme como anzuelo citas textuales de forma irresponsable y lo digo así porque él conocía mi naturaleza que tiende a detonar la acción, lo tengo en el código genético. Las citas de la novela y los personajes originales comenzaron a quedarnos como traje a la medida y ahh, se volvió un juego encantador que sacó la pasión contenida a la superficie. Fascinados, portamos máscaras venecianas, disfraces y hasta nos dimos el lujo de cambiar de género, él se vistió de mujer y yo de hombre. Nos atrevimos a cambiar incluso el género literario. Con destreza pasamos del teatro a la lírica, seguimos el sendero del cuento, el retrato de costumbres y la alabanza pastoril. Fuimos todo un carnaval. Le confesé mi amor y lo invite a construír, sino un final feliz, al menos un presente esperanzado.
Mi amado antagonista arrebató de súbito la pluma al novelista y, como puñal, extirpó la piel a esa novela y quiso que fuera nuestra capa, intentó condenarnos a repetir el mismo desenlace.
Rebelde como soy me niego, trato de encontrar ante este caos una alternativa y no el destino que me supone una tal Francesca que, a su vez, es giño de otra que gravita en el Infierno. Intenté responder con un florete veneciano que evoca frases populares, estrofas de canción felices pero él no lo permite, su pasión por el hilo narrativo que lo ha cautivado es más grande que lo que siente por mí y su puñal cala más hondo que mi florete.
¿Sirena o Afrodita? Me diluyo en espuma de mar, pero antes de hacerlo decidí escribir esta historia en la arena para convocarlo a escribir conmigo un final incierto pero inédito y nuestro. Riesgoso pero libre de diálogos ajenos, notas a pie de página o acotaciones forzadas.

Lección de historia



¡Cada quien tiene su Waterloo! Dijo mi padre aquella mañana de domingo mientras conversaba con mi abuelo en su estudio. Los únicos convocados éramos, mi padre, mi abuelo y yo, entonces una niña de ocho años.

Por primera vez me sentí miembro de un club exclusivo, los dos hombres que más admiraba me hacían partícipe de sus charlas importantes. Aquella frase con la que abro el relato, sentí en ese momento, era la entrada perfecta para hacer una pregunta. Acometía sin saberlo mi primer acto de seducción.

¿Qué es Waterloo? Increpé con avidez y ojos desbordados a mis dos hombres. En seguida comenzó una amistosa batalla de sapiencia y de palabras que me posicionó en el centro pero, que poco a poco, me hizo desvanecer de nuevo. No sin provecho, debo decir.
Pronunciaban palabras como niños que degluten dulces y se embarran la ropa con gozo: Bonaparte, tropas británicas, Wellington, son palabras que iban y venían con énfasis particular. Mi abuelo pronunció con deleite y en su buen alemán Leberecht von Blücher, y mi padre aludió a Bélgica, ambos coincidieron en un año 1815.

Luego apareció la isla de Elba y quise materializarme de nuevo así que volví a preguntar ¿Y qué pasó después de Elba? En ese momento mi padre me dio mi primer curso sobre medios de comunicación. Quién me iba a decir que la historia de ese minúsculo gran general condicionaría mi pasión por los medios y, me aportaría, una valiosa lección de amor.

La historia que mi padre contó a continuación y un romance personal guardan una relación tal que, han quedado en mi memoria entretejidas como si fueran dos hilos que dibujan una trama, por ello las compartiré así contigo, a ambas les corresponde un titular célebre y una frase de amor que paulatinamente se enfrían:

EL MONSTRUO escapó de su lugar de destierro.
Mi padre contó que tras el destierro y pausado regreso de Napoleón a París, los titulares del periódico francés Le Moniteur dejaron ver que el coraje o valor, depende de la distancia. Así, el titular que asiento como primero, obedece al primer encabezado de dicho diario cundo Napoleón zarpaba de vuelta a casa.

Abel era mi compañero en la universidad, tres o cuatro cursos arriba, lo que lo supone algunos años mayor. Una mañana melancólica lo vi sentado en la biblioteca y, sin saber por qué, me senté a su lado y le propuse que fuera mi amigo. Ese fue el inicio de una relación profunda. Se volvió mi confesor en amores, proyectos, en fin, el gran amigo. Sentí siempre que una gran atracción estaba presente a pesar nuestro y , que en lugar de enturbiar la relación, la hacía más entrañable. Abel se graduó y se fue a hacer un postgrado fuera del país. A partir de entonces nuestra relación se hizo más intensa, no sé, habrá que culpar a la nostalgia pero también a la distancia.

La emoción se apoderaba de mí cada mañana al buscar en mi correo su comunicado del día, sus opiniones sobre la novela en turno, la descripción del paisaje y hasta su repudio por la humanidad. Escondidas entre citas textuales se orquestaban también una declaración de amor con dos remitentes, no sé quién comenzó, ni sé quién se aprovechó más de la ambigüedad de las palabras pero lo cierto es que El MONSTRUO, esa pasión contenida que vivía en destierro, se había escapado.

EL OGRO CORZO ha desembarcado en Cabo Juan.
Cierto es que no hubo un te quiero descarado o un impúdico te deseo, nuestras mañanas o noches epistolares se dedicaban a desnudar un paisaje, a declarar la importancia que cada uno y desde nuestra frontera, significábamos para el otro.

El único pacto que existía entre nosotros lo estableció Abel el día mismo en que nos conocimos, no sé si fue premeditado, un ardid o un error táctico, dijo:

--Hacer el amor cambia las relaciones y enturbia la amistad. Tomé aquello como una petición de principio y la asumí obediente. Creo que no siempre estuve de acuerdo pero entre mayor era mi cariño, también lo era el miedo a perder al amigo con el que mejor me entiendo.

EL TIGRE se ha mostrado en Gap. Tropas avanzan para detener su marcha ¡Concluirá su miserable aventura como un delincuente en las montañas!

Diez fuero los días clave. Como diez los titulares que acusan el miedo o respeto de la población francesa a medida que Napoleón muta de monstruo a emperador.

Fueron diez los días previos al regreso de Abel a México, diez, los que dieron vida a estas letras. A mi corazón le era cada día más difícil disimular y el idiota me despertaba por las madrugadas batiendo en sonata taquicardia o me delataba con la familia que se molestaba con mi obsesión de ir a checar mi correo incluso en medio de la comida de domingo.

EL MONSTRUO ha avanzado hasta Grenoble

No compartiré aquí nuestras frases amorosas, esas son nuestras y de nadie más, requieren para ser leídas con pericia, un contexto, un sentimiento y la complicidad de la distancia, pero sobretodo, de una novela en particular. Lo que sí puedo decir al respecto es que, a partir del octavo día previo a su regreso, los mensajes comenzaron a tomar distancia de los temas amorosos. Terminamos la novela y su comentario, la ambigüedad se fue disipando y mi mente triste no pudo, ni a palos, cifrar besos ocultos.

EL TIRANO está ahora en Lyon. Todos están aterrorizados por su aparición.

Sé que no puedo culpar a nadie y que, quizás, el gran amor se esconde en una mejor amistad, en preservar lo que nos une sin atentar con una pasión arrebatada. Conservar el diálogo perfecto que nos acompaña desde hace tiempo y que se presenta como la guarida perfecta a relaciones insatisfactorias, a un país que desanima, a un pasado irreparable y a un futuro sobre el que escribimos, pero sobretodo, a un presente perfecto que parimos juntos cuando nos miramos a los ojos.

EL USURPADOR ha osado aproximarse hasta 60 horas de marcha de la capital.
El problema es, quizás, el sinsabor de pensar que se ha interpretado de más o que se ha presionado a lo indebido. Uno puede vivir con el ridículo, el amor lo es de por sí, eso lo reviste sublime. Pero atentar contra la amistad, ese debe ser el peor de los pecados.

BONAPARTE avanza a marchas forzadas, pero es imposible que llegue a París.
Este cuento se fue cocinando entre desvelos. Para mí todo acto de amor es un acto creativo, bueno o malo, eso no lo sé pero siempre es un consuelo.

NAPOLEON llegará mañana a las murallas de París.

Me apadrinaron dos hombres: mi abuelo y mi padre, desde entonces amo la historia, las historias.

Los medios de comunicación vinieron después. Me interesó la publicidad ¡Esa seductora! Desde niña cantaba de memoria cientos de gingles y coleccionaba anuncios de revista para tapizar mi cuarto. Eran micro historias de seducción. Me entré luego, cundo estudié literatura que las palabras seducción y destrucción, comparten en griego un solo vocablo. Difícil negra el encanto y repudio que hoy me causan los anuncios comerciales.

EL EMPERADOR NAPOLEON se halla en Fontainebleau.
¿Seducción o destrucción? Slogan que propongo a cambio de la gastada sentencia Shakespeareana.

Abel escribió hoy. Su misiva se centra en el repudio a México, este país nuestro que se inunda en trámites, corruptelas y sangre. Lo sé y me duele, por eso dejé de escribir sobre Él, sobre mi país.

Supongo que Abel viajará a México, subirá al avión y comenzará su choque con el rostro mexicano. Paisanos escandalosos con más equipaje del permitido, con menos dinero del que llevaron; autoridades abusivas; trámites desmedidos y esperas agónicas. Se sentirá avergonzado, dolido y sin esperanza

Ayer en la tarde SU MAJESTAD EL EMPERADOR DE FRANCIA hizo pública su entrada a las Tullerías. ¡NADA puede exceder el regocijo universal!

Este cuento es, quizás, mi última pregunta.
Abel es mi amigo, quiero a Abel, mañana regresa…

viernes, 30 de abril de 2010

Sin control natal


Cuando me embaracé a destiempo mi madre me gritó:
¡Pareces como las indias! ¡No se puede ir por la vida echando hijos sin saber su futuro! Pero se me hizo afición y voy por ahí, sin respeto alguno, pariendo palabras como mujer humilde pero alegre. Las escupo a la vida con placer y con los pocos cuidados que me permite mi pobre sintaxis y mi mala ortografía, no lo sé y no pierdo el tiempo pensando en eso. Me instalo en el regocijo de sentirlas a sabiendas de que no les puedo proveer un buen futuro.
Como no soy de estrategias complejas ni de grandes recursos, las forjo así por las banquetas o se me escurren por las esquinas como a esas gatas promiscuas que abandonan a sus críos para parrandear de nuevo saltando de techo en techo.
Lo cierto es que cuando las tengo en los brazos por vez primera las estrujo con alegría y omnipotencia, como la chica cándida que descubre a su vástago aferrado al pezón bebiendo con avidez. Cuando creo que están listas (aunque siempre me quedo con la zozobra de pensar que nunca lo estarán del todo) las dejo libres para que corran por las calles como mocosos sin rumbo.
Ellas sabrán perdonar la inconsciencia y egoísmo de su madre, ese hedonismo vano que me hace engendrarlas para mi regocijo y a pesar de lo incierto de su porvenir.
No creo en el control natal. Pensarlas es ya un orgasmo, parirlas un éxtasis profundo.
Luego, claro, viene la depresión post parto y miro a mis palabras escuálidas pero prometo que las querré de todos modos. A veces, debo confesar avergonzada, las refundo en un cajón para no verlas y lloro a escondidas porque no supe criarlas mejor.
Sueño, a pesar de todo, que unas romperán malos presagios y crecerán sanas. Seguro me olvidarán, tendrán larga vida y no reconocerán más padres que los labios húmedos que las pronuncien.

lunes, 8 de febrero de 2010

Anairiana


La leyenda no termina por convencer a nadie. No hay remedio, se trata de la única respuesta a un loco comportamiento.
Sí, el ojo de agua que marca la entrada al pueblo de Acuarena tiene una anómala conducta. Sus aguas son de un azul intenso, a momentos, magenta. En su centro se dibuja un círculo castaño que parece una pupila. Dicen que la ecuanimidad de sus aguas invita a sentarse en su remanso, por un largo periodo los habitantes celebraron los ritos familiares con ella como testigo. Ella, la pequeña laguna que lleva nombre de mujer y todos la aluden como si de una persona se tratara: Anairiana.
Anairiana parece un espejo de agua inquebrantable pero su mancha parda es una niña juguetona que escupe a mares ahuyentando a sus visitantes en el momento menos adecuado. En una ocasión arruinó el vestido de la novia que celebraba sus nupcias en su orilla. Cuentan que la chica miró las aguas con desdén y fue castigada, Anairiana la salpicó completa de chorritos azul y magenta. En otra ocasión un sacerdote bautizaba al hijo del gobernador, mientras ungía el pecho del bebé hablo del temor a Dios y del peso de Satanás. Anairiana escupió a todos los presentes con una risa húmeda que dibujó un arcoíris. Interpretan los expertos que se trató de una burla a creencias inútiles y un homenaje a un Dios poderoso que no infunde temor y que es capaz de plasmar un espectro que dura ocho días con sus noches. Afirman que la Nasa mandó expertos para constatar el prodigio de un arcoíris nocturno alimentado por la Luna. Pero en cuanto los extranjeros pusieron un pié en Anairiana los colores se esfumaron con una leve explosión a modo de reverencia.
El origen de Anairiana está contenido en un mito grabado en la corteza de un árbol que se sumerge entre sus aguas. Se trata de un complicado código que empata notas musicales con las letras del abecedario y qué para entenderlo a cabalidad precisa de ser acompañado con música.
El mito es éste:
Ana fue una mujer que vivió entre la frontera de Acuarena y Lairosa, se dice que quedó embarazada como a los 14 años. Sus padres avergonzados querían que diera al niño en adopción. Ella confundida huyó. Luego decidió que la niña se quedaría por siempre en su regazo.
Afirman quienes la conocieron que jamás dio a luz y nunca mostró síntomas de embarazo.
Ana era una mujer habitada por dos. Una tranquila y ecuánime, otra irreverente y traviesa.
Hablar de los pormenores de su vida sería vulgar, es importante mencionar tan solo que existió y que muchos no la olvidan, dicen que lo sorpresivo de su comportamiento la hacía una compañera singular.
La leyenda recupera, hasta hoy, el día en que Anairiana, es decir la madre e Iriana, la hija, se hicieron agua. Tal parece que Ana venía gestando la historia de su propia muerte.
No quiero acabar como todos, dijo una mañana en que se sentó definitiva en el centro del bosque y comenzó a cantarse mitos. Le gustaban tanto estas historias primitivas que con ellas distrajo al hambre y al frío. El sueño, por otro lado, no cedió a sus artilugios pero dicen que soñaba con dioses y héroes mientras las ninfas la arrullaban. Cuentan que cantaba en gerundios pues para ella esta modalidad es como una hamaca que se clava en la orilla del pasado y se proyecta hasta el futuro en un tiempo que se mece perpetuo.
Cantó sobre Narciso que contempló su imagen hasta expirar. Se ahogó a sí misma entre palabras, entre falsas explicaciones de mundo. Falaces, quizás, pero más entrañables que las fórmulas científicas que han reducido al Padre Cronos que se tragó a sus hijos, en una vil fórmula.
En el fondo de una laguna viven dos sirenas: Ana e Iriana, una dentro de la otra. Si te acercas lo suficiente oyes los mitos sagrados que explican el porqué de la marea, la eterna batalla entre el Sol y la Luna o la misteriosa historia de los desaparecidos que por escuchar los cuentos de Anairiana son tragados por ésta y viven una muerte irreal y permanente, llena de rumores y fantasías.

miércoles, 20 de enero de 2010

Salve


¡Salve!
Jugar a ser María, María la inmaculada
Dios te salve.
Con manto blanco y túnica rosada
Subir al burro y cargar al niño
Alabado sea.
Ser la esposa de José, jamás tocada
Y arder por dentro condenada.
Actriz de pastorela con bikini de hilo dental ajustado.
Imaginarlo desnudo esposo de carne
Palpitando entera, condena eterna.
Tocar su mano y quererla dentro, acariciando el cauce anhelante
Que no se sofoca ni con Cristo muerto.
Jugar a ser María para tener a José
Vestida de santa y pensando en él
Tirada en la cama canta su blasfema letanía. Las piernas apuntan al cielo llevando el compás. Su madre cosió orgullosa el manto que llevará su niña. Aceptó el papel de la Virgen en la posada de la cuadra sólo por conocer al vecino que sería José.
Ella tiene 12 años él, 16. Por las tardes lo espía, le gusta verlo lavar el coche con la playera empapada y el cigarro que prueba de vez en vez.
La impía virgen se tumba en su lecho, sus labios prensan el cigarro que finge la boca ajena mientras la mano traviesa explora bosques y ríos que se esconden en su piel. Visitante recurrente de una misma fantasía. Memoria rallada, recuerdo fallido.
La túnica rosa es la página que guarda oraciones escritas con rímel corrido, frases que rezan la tarde en que jugó a ser María con la túnica de seda y sin brasier, para sentir el frío que rosa a sus brotes de flor.
Aquella tarde caminó hasta el altar iluminado, adivinó a José a la distancia recargado en uno de los pilares del pesebre. Quería su aliento y caminó precisa por una ruta que obligaría a su cuerpo a rosar con el de él. Quería darle la prueba de sus formas ya despiertas que no son más las de una niña. La luz cegadora no le permite ver su cara pero siente la piel por intuición. Humores de ensueño la conducen más cerca pero no olvida que es la virgen que mira al cielo con los muslos húmedos y el descaro solapado bajo el velo.
Toca la sotana verde del carpintero para encontrar su leño y sembrar la invitación. La respuesta es inmediata ¡Ave María!
Ella busca los ojos de él para corroborar. En su lugar descubre al impostor, José de utilería, el chamaco de 13 años que vive en la 6.
En la tercera fila está su José, viéndolo todo, riendo de sus 12 años, de su triste historia.
¡Salve!

viernes, 13 de noviembre de 2009

Cuente lo que cuente (hipertextos como pretexto):


la pregunta sigue ahí: ¿El aleteo de una mariposa en Nueva York puede provocar un tifón en Pekín? Nadie sabe la respuesta pero Una mañana de Septiembre ardiente La mujer parecida a mí dejó La ventana abierta, sus ojos proyectaron La luz del mundo y fueron para mí La llave que abrió La puerta cerrada a mis Sueños de invierno ¿A dónde vas? ¿A dónde has ido? Me pregunté antes de desafiar al destino y llevarle a ella Tres rosas amarillas.
En busca de Juegos nocturnos, iniciaba, sin saberlo, El juego más peligroso de todos. Anduve eufórico El camino que conduce al bosque. A modo de advertencia hallé Un hombre muerto a puntapiés. Confuso examiné ¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?
Un Asesinato en la oscuridad invoca vestigios dEl infierno tan temido. Me supe preso en la Continuidad de los parques, el mismísimo Ascensor que baja al infierno. Caí por Una tumba perdida y sé que fue corolario por desear a La sierva ajena. Mi conciencia apelaba--¡No oyes ladrar los perros!—No atendí la súplica, ni advertí la sombra del destino que seguía mis pasos como El buitre En casa del profeta.
Para alejar al miedo, pensé en El beso anhelado pero Las babas del diablo escurrieron por mis labios tan solo para recordarme que todo pecado es un cuento y todo cuento conduce, irremediable, hacia el mismo punto.

¿El aleteo de una mariposa en Nueva York puede provocar un tifón en Pekín? Antonio Tabucchi
Una mañana Robert Walser
Septiembre ardiente William Faulkner
La mujer parecida a mí Felisberto Hernández
La ventana abierta Saki
La luz del mundo Ernest Hemingway
La llave Isaac Bashevis
La puerta cerrada José Donoso
Sueños de invierno Scott Fitzgerald
¿A dónde vas? ¿A dónde has ido? Joyce Carol Otes
Tres rosas amarillas. Raymond Carver
Juegos nocturnos Augusto Roa Bastos
El juego más peligroso de todos. Richard Conell
El camino Isaac Bábel
Continuidad de los parques, Julio Cortazar
Un hombre muerto a puntapiés. Pablo Palacio
¿Es una comedia? ¿Es una tragedia? Thomas Bernhard
Asesinato en la oscuridad Margaret Atwood
Ascensor que baja al infierno Pär Lagerkvist
Una tumba perdida Bernard Malamud
La sierva ajena. Adolfo Bioy Casares
No oyes ladrar los perros Juan Rulfo
El buitre Ramón J. Sender
En casa del profeta. Thomas Mann
El beso Antón Chéjov
Las babas del diablo Julio Cortazar

martes, 20 de octubre de 2009

Amnesia momentánea


0. Amnesia momentánea
Sufrí de una terrible amnesia electrónica, nunca pensé que fuera tan doloroso, pero es obvio que en una época en la cual el tiempo y la memoria son lo más valioso que tenemos, mi pobre espíritu se arrastrara como alma en pena.
Ayer, como un lunes cualquiera, fui a dar clases y decidí hacerlo a cappela, es decir, sin la preciosa ayuda de mi computadora y de su gracioso hermano menor: el morenito disco extraíble que siempre nos asiste. No se mal interprete de esta situación una especie de esclavitud o incapacidad de mi parte para dar clase sin mis asistentes, digamos que trabajamos en equipo y, de vez en cuando, para recuperar mi independencia, decido mantenerlos en reposo al fondo de mi mochila. Ayer fue uno de esos días. Como buena madre espíe por la rendija del zipper a mis dos criaturas, pues aunque no procuraba molestarlos, me era imperioso constatar su presencia.
De noche y en casa, debía arroparlos para poder dormir tranquila. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que me había quedado sin memoria, cientos y cientos de canciones que musicalizan mi soledad; horas y horas de trabajo; fotos que documentan mi historia gráfica; mis aficiónes, vicios y hasta perversiones… Todo había desaparecido. No dormí. Como película en flashback recapitulé mis pasos uno a uno hasta sentirme en el Infierno. Luego, procedí al pecado de la sospecha y recorrí los rostros de alumnos y compañeros de trabajo para integrar un expediente que, por supuesto, tiré a la papelera del subconsciente. Convertí este documento improcedente en una tabla de Excel, reprochándome en orden y con todo cálculo, el tamaño de mi culpa.
Arrastrando mis ojeras como fantasma que arrastra sus cadenas, llegué hoy a clases y escribí esto que ves, decidida a elaborar mi duelo y recuperar, por medios alternos, fragmentos de mi memoria perdida. Un maestro insolente ha confesado el secuestro de mi memoria (lo vi ahí solo y decidí llevármelo a casa, dijo cuando la secretaria llamó a su casa para indagar).

Llena de júbilo espero sentadita en una banca a que den las 3:30, hora en que el confeso llegará para entregarme a mi criatura. A momentos una ráfaga de ira se apodera de mí, me siento violada, imagino al susodicho espiando entre mis carpetas, haciendo copy paste a mis más íntimos secretos y no sé si cuando llegue me abalanzaré a sus brazos o le espetaré dos bofetadas.
1. El hombre que me devolvió la memoria.
Justo a las 3:30 lo vi aproximarse. Juro que lo creí poseedor de un resplandor sobrehumano. El maestro que amablemente recuperó mi disco duro extraíble, mi pequeño morenito memorioso, me miró a la distancia asustado, no tenía ni idea de quién era yo. Mucho menos imaginaba el pobre que lo acusé, la mañana entera, de ser un pervertido electrónico. Un voyerista de la palabra ajena. Lo creí capaz de manosear mis fotos, de revolcarse entre mis archivos, de profanar mis frases. Mi ira se había disipado y corrí a sus brazos, imaginé la música de Memories (perdón, no la imaginé, la tenía puesta en el Ipod). Lo abracé emocionada y el pobre hombre contuvo la respiración sintiendo mi acoso. Profesor --le dije entre lágrimas usted rescató mi memoria del olvido--¿Perdón? contestó él contrariado mientras se zafaba de mi abrazo.
Soy la maestra que da clases en el mismo salón que usted, ayer dejé olvidado mi disco duro y usted, amablemente, lo recogió. El hombre sacó de su portafolio el aditamento, me lo entregó con cautela pues no deseaba ser abordado con euforia, supongo. Le pedí su nombre y me presenté yo también, nos despedimos cordiales y me fui para mi casa a hundirme en mis recuerdos y beberme mis palabras añejas.
Al día siguiente desperté con la resaca ensimismada de quien pasó la tarde mirando una pantalla. La intención era clara: compraría al maestro una caja de chocolates para lavar mi culpa y evitar una demanda por acoso.
Estoy sentada de nuevo a las 3:30 con una caja de chocolates, esta vez sin impaciencia pero consternada pues olvide su nombre y no me acuerdo ni de su cara.

lunes, 1 de junio de 2009

El espejo de Leticia


Llega corriendo a comer, no habla con nadie. Su hermana es presumida, su madre ingenua y su padre ausente. Sube las escaleras a brinquitos y se tropieza con el perro Chat. Chat se enreda como una serpentina entre sus piernas y ella se siente secretamente feliz, no lo demuestra y continúa subiendo, ahora con parsimonia para encerrarse en su cuarto. Chat tal vez se pone triste porque a Leticia ya no le gusta ser Lety, sólo a ratos, cuando nadie está en casa. A Lety le encanta corretear por la sala y saltar en los sillones mientras Chat brinca y ladra ovacionando sus hazañas. La verdad es que nadie sabe bien lo que Chat piensa, su cola se detiene y se recuesta tras el portazo de Leticia resguardando fiel su intimidad. Ella se mira al espejo y se desdobla, aparece la otra en el espejo. La primera se levanta la playera rigurosamente blanca del uniforme de deportes, se saca el brasier con relleno y la otra mira con desaprobación los dos montículos raquíticos. La primera le avienta a la del espejo la playera y corre a conectar el ipod. La música grita la historia de una niña que quiere ser la princesa de la preparatoria y espera al príncipe azul a la hora de la salida. De nuevo se sienta ante el espejo tras ponerse unos pants. Comienza a llorar. Ninguna de las dos sabe bien por qué. Me gustaría poder contarte cómo es que las dos dialogan y construyen la vida pero sus frases están hechas de miradas, muecas e incluso de algunos bailes.
Su madre entra algunas tardes y le habla de su futuro, le advierte dulce o a gritos. Las dos Leticias se miran desconfiadas porque el futuro lejano sobre el que especula su madre es un planeta remoto, su vista no alcanza a mirar más lejos que a la fiesta del viernes.
Las calificaciones que parecen ser una obsesión para su familia, son sólo números tontos, lo difícil no es la prueba de Mate, le quita el sueño la ira de Fernanda, su mejor amiga, quien no le perdona haber besado a Joaquín el niño que les gusta a las dos, pero que Fernanda vio primero. Difícil resistir las ganas de probar un beso sin el riesgo de ser calificada de zorra. Difícil contener las nauseas que provocan un trago de cerveza o tener el valor de decir no ante el riesgo de parecer mojigata.
La del espejo cambia constantemente para desconcierto de la primera. Es como si cada que Leticia la mira un proceso alquímico funde un ingrediente nuevo a la niña escondida que ambas llevan dentro, esa que se esconde entre polvos traslúcidos y sombras de colores.
Yo quisiera advertirle como el Lobo a Caperucita que existen dos caminos uno corto y uno largo. Ella lo intuye y yo sé que cada día opta hacia el Sur o hacia el Norte y no puede mirar hacia atrás ni borrar las huellas.
Soy el espejo de Leticia, la miro con atención para guardar la cara que se ha de esfumar mañana.

viernes, 11 de julio de 2008

Carta intachable------


CRÉIMOS QUE SERÍA FÁCIL ESCRIBIR LA HISTORÍA CON MAYÚSCULAS, IMPROVISANDO UNA ACENTO AQUÍ Y OTRO ALLÁ. Pensamos que sería sencillo navegar con tus palabras, amparados al buen son de mi gramática y a la destreza de tu imaginación. Si las aguas se alborotan—dijiste—usaremos la U de embarcación, tomaremos a la O de salvavidas y a pesar de los augurios llegaremos al muelle con buen fin.
Pero tu ausencia blanca e intermitente me asfixia. No es para mí una pausa, es una triste pesadilla. Procuro anunciarla lenta con tres puntos...para aferrarme a tu aliento, pero una coma traicionera me lanza el látigo de su desprecio, me despeño cuesta abajo.
Dónde están tus promesas de ascenso, de navegar contra corriente. Tus palabras y mis silencios se devoran el espacio y caemos cada vez más. Ensuciamos con reproches la diáfana ventana que dispusimos como porvenir. Y se acaba la tinta y se inauguran las hojas, pero te veo cansado de apostar a las MAYúsculas, te has resignado a andar a píe.
Insistes en meter imágenes para contar esta historia que construiríamos con ritmo y de palabra. Te has olvidado de que usaríamos las comas de “comillas” para sorprender a los incautos y dar sazón a nuestro amor. Nunca habría preguntas ni signos de admiración, nada de sorpresas, el territorio fluiría como sinfonía, música sin la cárcel de una partitura; letras libres y sin firma, sólo tu voz y la mía, saltando entre las cumbres y los valles del MMUUUA.
No resulta fácil seguir el orden ni obedecer los planes. Me he cansado de seducirte con las SSS. De exprimir cada mañana el llanto de las LL. Palpita entre el silencio blanco sin una explicación ¿Y tú? Ya no conjugas verbos ni improvisas comas. Me ignoras mientras las olas blancas devoran nuestra historia sin final…
Apenas oigo un grito, te han dolido las interrogaciones que como estocadas te clavé. ¿Por qué te has olvidado de escribir? Ahí te van otra vez. Un rugido prolongado y tu silencio otra vez. Ya no crecen tus propuestas, han menguado tus deseos y la hoja se te encoje a cada golpe de tecla. No estoy hablando sucio ni contemplo doblegarte, me voy quedando sin palabras y sin puntos, he pensado atacarte con mi admiración ¡ Tomarlas como palitos y menearte como bicho raro. ¡! ¡! O servirte en la copa de mi V y beberme tu sangre para siempre.
No quiero llegar al final no quiero quedarme sin palabra, te dejo esta carta abierta sin puntos ni corchetes para que agrandes el espacio y comencemos otra vez. Volar juntos con Había una vez aunque te parezca infantil, y llegar a países lejanos sin geografía definida; escribir a mano y de colores, sin el batir impaciente del parámetro negro que te obliga a señalar la próxima letra, el siguiente símbolo, te urge despiadada, es un reloj miserable que se devora el espacio. Me rebelo. No llegaré hasta el final, te dejaré centellando incontrolable y solo por toda la eternidad




domingo, 15 de julio de 2007

II Reina de corazones y espadas


No hay venganza más temible que el de un monarca destronado. Paula fue reina por largo tiempo, uno podría comenzar su historia diciendo:

Hubo un reino lejano donde la sonrisa de una pequeña era la suficiente para que el sol brillara y una lágrima suya podía desatar huracanes y temblores.

En su mente es así como lo sentía aún antes de lograr verbalizarlo. A penas la bondad de las hadas del cuento de la Bella Durmiente igualaba los dones con los que sus tías y tíos, vecinos y parientes adornaban el ego de esta reina de corazones.

Podrán comprender entonces por qué, el destino de Paula eclipsado por la llegada de su nueva hermana, era más sombrío que los cien años de letargo que azotaron al país de la durmiente. La sonrisa dejó de alumbra al sol para convertirse en una mueca que desata la tormenta. La vida de Paula sólo viene a reafirmar la vieja teoría de Gudrum Ander Grimsy quien terminó desenmascarando las bondades pedagógicas del cuento de hadas, donde por cierto se esconden la dualidad de bruja/princesa, príncipe/monstruo-dragón, que prefigura cualquier mente criminal y que, es hasta hoy culpable de la degradación moral de la sociedad, tal como lo ha discutido con profusión el padre de nuestra actual fenopsicologia post moderna Luke Sky Vather.

Pero no nos distraigamos de la leyenda más cruenta que la criminología haya registrado. Decir que Paula quiso matar a su hermana sería un exceso, al menos no existen pruebas contundentes. Desaparecerla del mapa borrarla de la historia, eso sí. Pero cómo culparla.

No es una relación fácil la que la niña estableció con Carlota porque al tiempo su presencia la creía insustituible, era como si el tremendo dolor que la pequeña cunita rosa al fondo de su cuarto le provocaba, hubiera, también, abierto el camino hacia un nuevo deleite. Iniciaba con el aroma sutil de talco y leche materna, para luego sumergirse entre tules y ver a la criatura más indefensa del mundo y reventar una frágil pompa de jabón cuando flota apacible ¡Cuánto poder y cuánta belleza! Cómo entender que el desprecio y el placer pueden fundirse en un abrazo, como los caramelos agridulces que tanto le gustan.

Es probable que la analogía, que le motivaba a reventar la paz del sueño de la bebe, le invitara a usar la esponja natural, esa con la que la madre le rosa apenas la delicada piel cada tarde de baño. El objetivo, rellenar los conductitos nasales de la chiquita con agua helada. Era apasionante ver como el agua se acumulaba como una alberquita hasta que Carlota tosía y berreaba. Otra vez y otra más a pesar de la dificultad que implica luchar con la cara inquieta. Al oír el llanto la madre reprendió a Paula, tratándola con cierto descrédito como si se tratara de una molesta araña a quien se menosprecia por su tamaño, a la que se ahuyenta de un manotazo. No sería tan fácil parecía decir la niña con la mirada al responder a la madre:

--Mamí te quería ayudar a bañarla…-- La madre la abrazó con displicencia y la mandó a jugar. Empezaba a odiarla también, a resentir que hubiera migrado sus palabras, el tono y hasta sus apodos a esa enana regordeta y sin gracia. Eran privilegios que le pertenecían desde la prehistoria, deferencias apenas necesarias para perpetrar la armonía, incluso de los astros. Mal presagio, el “vivieron felices para siempre” se desmantelaba, se descaraba en una fórmula retórica que daba aire para emprender el nuevo relato, oscuro y misterioso, incierto pero intenso, mucho más que el primero. Un cuento que le revelaba a Paulita una fuerza que no conocía y un proyecto que comenzaba a penas con estrujar entre sus manos las rojizas mejillas de su hermana y mantener el equilibrio de hacerla sufrir sin desanudar el llanto que despertaría a toda la casa.

El ímpetu y la disciplina de los pellizcos llegó a levantar la inquietud sobre la tendencia febril de la bebe, lo que promovió más cuidados y atenciones. Sin embargo, el final, de lo que Paula consideraba la primer batalla fue infeliz. La intensidad de las pasiones se dibuja mejor con claro obscuros y su desdicha fue profunda por haber tenido la victoria pescada de las oreja, o quizás de las patas, pero como una liebre fugitiva salió corriendo para dejarla con el alma vacía.

Una tarde mientras la madre preparaba la tina, le encargoa Paula que cuidara a Carlota. La chiquita yacía desnuda cubierta con su toalla blanca con la cabecita cubierta como una caperucita. ¿Por qué tienes esos ojos tan grandes? Preguntó Caperucita.

Un chillido agudo y sin tregua alertó a la madre que de dos zancadas atravesó del baño al cuarto:

--¡Qué le pasa a tu hermana!—preguntó furiosa.

--No sé—respondió Paulita aterrada y exudando lágrimas por todo el cuerpo.

La madre avergonzada de sus sospechas acarició con prisa a Paulita para tomar presta a la bebe en brazos. Tal vez tendría cólicos, la paseo insistente de ida y vuelta por la recámara pero el berrido no bajaba en intensidad y asustada corrió al teléfono para llamar al médico quien le recomendó llevarla de inmediato. No fue hasta que comenzó a vestirla que fue testigo del agravio, el tatuaje morado y perfecto de una dentadura pequeña y alineada como firma del crimen…


I Traviesa (publicado en Antología del festival del Cuento Brevísimo. Centro Toluqueño de escritores. 2006)




Él la mira a través del cristal de la vitrina. Ella devuelve la mirada y sonríe. Él contempla con agrado su cabello, sus labios carnosos y baja lentamente hasta quedar atrapado en su cintura. Ella lo nota, mira de lado y con fingida ingenuidad mueve la cabeza como quien dice: aún no has visto nada.
Su ropa fue elegida con esmero, los colores debían ser brillantes para resaltar su bronceado. Una falda corta, vaporosa, que sin inhibición mostrara sus largas piernas y sandalias de tacón alto para exaltar los contornos; pies desnudos que invitan a imaginar rincones de piel en resguardo. La firmeza de sus pechos queda insinuada bajo el top de lentejuelas que, por supuesto, no oculta su singular cintura. Ella es la elegida. Así lo ha sido desde hace ya dos meses. La preferida entre todas desde que llegó.
Él sabe que saldrá pronto y se prepara, la espera en el convertible rojo de dos puertas. La desea aún a la distancia. Ella camina despacio para afirmarse dueña del territorio. Una ráfaga de viento le levanta la falda y exhibe sus nalgas que constriñen una delgada cinta de seda que a penas se asoma. Ella experimenta una oleada de poder cuando siente la hipnosis que provoca en él.
Se dirigen al juego...secreto, el favorito. El lugar es siempre el mismo. Un escondite perfecto para dos amantes. La penumbra es su cómplice y ella se desnuda poco a poco. En un seductor baile comienza por lanzar las zapatillas al aire mientras abre las piernas en split. Sorprendente. Prosigue con la boina que atrapaba su larga y dorada cabellera, toma el sombrero con una mano y lo pasea por sus muslos rectos, elegantes, hasta arrojárselo a la cara como un anzuelo. El top sale despacio, revela dos montículos redondos y lustrosos. La cortina de oro tapa sus puntiagudos senos.
Él no resiste más. Se acerca, le arranca la falda con violencia. Ella gime de placer. Lo abraza y lentamente le quita los pantalones. Él, los calzones. Ella corresponde. Le saca la camisa con los labios. Se besan. Juntan sus cuerpos. Se revuelcan. Se estrujan. Se frotan. Se besan. Se tocan. Ahh...mmm.... aaaaa...a...m..a...m...ammmammam. Galopan. Ruedan. Trepidan. Vibran. Palpitan.

—PAULITA A CENAR—.